El teatro

 Los actores: Son los encargados de que los personajes creados por el autor cobren vida sobre el escenario.

El teatro

Dentro de la literatura encontramos obras que se escriben para ser representadas, por uno o más actores, en un escenario. El teatro es un espectáculo complejo que requiere de numerosos elementos para que la representación pueda realizarse. 


Elementos de la representación teatral


El guión teatral

Es el  texto que se escribe para que una obra de teatro lo represente ante un público. En el guión se pueden diferenciar tres elementos básicos:

  1. Los personajes: nombres de quienes intervienen en la obra.

  2. Los diálogos: conversación que se lleva a cabo entre los personajes.

  3. Las acotaciones: indicaciones dirigidas al director de la obra o a los actores, sobre los detalles del lugar, ambiente o movimientos en el escenario, así como los estados de ánimo de los personajes.


Al comienzo de la obra, suele aparecer una acotación extensa que indica cómo deben ser el ambiente y la decoración.


Los actores: Son los encargados de que los personajes creados por el autor cobren vida sobre el escenario.

El vestuario: Es el conjunto de trajes, que se adaptan a las características de los personajes, para una representación teatral.


La escenografía: Como las acciones de la obra transcurren en una época y lugar determinados es preciso decorar el escenario para crear el ambiente, es decir, construir una escenografía.


La utilería: Son todos los objetos (muebles, adornos, vajillas, etc.) que usan los actores durante la representación.


El director: Es el responsable de la puesta en escena. El decide los movimientos de los actores, orienta su actuación, decide cuál es el ambiente que debe tener el escenario, etc.


Otros elementos importantes son la iluminación y el sonido.


Actividad

1. Lee el capítulo 3: Un campeón valora a sus hermanos.

2. Escribe los nombres de los personajes que aparecen en el capítulo.

3. Escribe de forma breve lo que sucedió en el capítulo. (idea principal)

Capítulo 3

Fuimos al patio. Procuré no mirar la sangre en el piso. -Ayúdame a levantar esto —le pedí a Carmela. —Felipe, ¿qué vas a hacer? .,—Si mi hermano guardaba un secreto en el techo de la casa, tengo que descubrirlo. Se llevó una mano a la boca y exclamó: —¡Virgen Santísima!, jno subas!, ¡te puede pasar algo! Comencé a mover la escalera. Carmela me auxilió a regañadientes. La pusimos donde el terreno estaba más firme, pero en cuanto miré hacia arriba me arrepentí de lo que iba a hacer. Era demasiado alto. Carmela suplicó: —Mejor vamos adentro, Felipe. Prepararé la merienda. Asentí. Los fantasmas de la preocupación y la duda comenzaron a atormentarme: "¿Y si mi hermano se muere?, ¿y si queda paralítico?, ¿y si no lo vuelvo a ver?"

Traté de tranquilizarme. Recordé que papá había escrito una carta para explicarme algunas de sus ideas. Tuve deseos de leerla. Quería comprender los castigos, los enojos y la frialdad de los adultos. Carmela fue a la cocina; yo a mi cuarto. Busqué uno de mis pantalones sucios en cuya bolsa había metido el sobre. Todavía estaba ahí. Lo abrí. La carta, decía: Felipe: La situación entre tu hermano y tú es intolerable. No puede continuar. Un hermano es el mayor tesoro de la tierra. Los hermanos se necesitan mutuamente, forman parte uno del otro y, al pelearse, abren heridas muy pro- fundas que duelen durante toda la vida. Los hermanos comparten el amor y la alegría de sus padres, pero también los problemas y las lágrimas. Cuando hay carencias, pasan hambre juntos; cuando sus papás discuten, ellos sufren; cuando es Navidad juegan con los mismos juguetes; en vacaciones, se divierten al mismo tiempo, Los hermanos crecen juntos; no son rivales; tienen la misma sangre, el mismo origen; se formaron en el mismo vientre; fueron besados, abrazados y amamantados por la misma madre. Es normal que, a veces, discutan, pero nunca que se guarden rencor, se tengan envidia o se falten al respeto. Conozco hermanos que, al morir sus padres, se

demandaron, se traicionaron y hasta se insultaron por causa de la herencia. Esto es una aberración. Felipe, compréndelo: La amistad y el amor entre hermanos no puede ni debe cambiarse por cosas materiales. Tuve una maestra en la primaria que me platicó una historia. Te la voy a contar: Hace muchos años había dos hermanos. Sus padres tenían un enorme terreno de cultivo y bodegas donde guardaban los granos para vender. En un repentino accidente, los padres murieron y ellos quedaron huérfanos. Ambos heredaron la misma cantidad de dinero. Uno de ellos era casado y el otro era soltero. El casado decía: --¡No ès justo que mi hermano menor haya he- redado lo mismo que yo! En realidad debería tener más, porque desea estudiar en otra ciudad, poner un negocio y alcanzar grandes sueños. Yo, en cambio, tengo la vida resuelta, mi esposa y mis hijos me ayudan y, en realidad, poseemos más de lo que necesitamos. Entonces, por las noches, tomaba un saco de granos y, en secreto, lo arrastraba hasta la bodega de su hermano para que él tuviera más. El hermano menor también estaba inconforme con su parte de la herencia: -¡No es justo que mis padres nos hayan dejado la misma cantidad a los dos! -decía-. Yo estoy solo y casi no gasto nada. En realidad mi hermano mayor necesita más, pues tiene hijos y esposa que mantener. Voy a ayudarlo dándole parte de mi herencia. Así, cada noche, tomaba un saco de granos y lo llevaba en la oscuridad hasta la bodega de su hermano para que él tuviera más. Pasaba el tiempo; ninguno de los dos comprendía por qué sus reservas no bajaban, hasta que una noche, se encontraron a la mitad del camino. -¿Qué estás haciendo? -preguntó uno. -¿Y tu? -preguntó el otro. ¿Qué estas haciendo? Entonces comprendieron lo que sucedía, dejaron caer los sacos a sus pies y se abrazaron muy fuerte. -¡Gracias hermano! - le dijo el mayor al menor-. Eres mi tesoro más grande. Te estaba llevando algo de mis semillas pero, con gusto, daría la vida por ti. El menor, con lágrimas en los ojos, contestó: -Gracias a ti, hermano. Has sido mi consejero y compañero siempre. No podría pagarte eso. Te regalaría todo lo que tengo, si con ello pudiera ver siempre felices a tu esposa, a tus hijos y a ti. Felipe: los hermanos, con sus actos, pueden engrandecer o destruir la casa. Cuando se pelean, dejan entrar sentimientos nocivos y el hogar se llena de maldad; cuando se ayudan y se quieren, ocurre un fenómeno contrario que trae paz y alegría a esa familia. Nunca destruyas nuestro hogar. Engrandécelo. ¡Cómo quisiera decirte, hijo mío, que te amo con todo mi ser! Si he fallado al demostrarte mi amor, por favor, perdóname... Tu madre y yo, a veces cometemos errores, lo reconozco, pero no tenemos nada en contra tuya. Con frecuencia, el hijo mayor de las familias se vuelve muy responsable, porque se le exige más que a los otros; los hijos de en medio se vuelven independientes, porque se les descuida un poco, y el hijo pequeño se hace un despreocupado porque se le consiente demasiado. Felipe, cada lugar en el orden familiar es hermoso, tiene ventajas y desventajas; no reniegues por la parte que te tocó. Jamás sientas celos de tu herma- no. Si algún día tienes riqueza, y él no, compártesela. Tiéndele la mano. Cuando te pida que protejas a Riky por ser el menor, no te enojes, no lo tomes como una obligación desagradable, ¡considéralo un privilegio! No todos los niños del mundo tienen hermanos. Tu tienes uno. ¡Cuídalo! Recuérdalo siempre: ustedes forman parte el uno del otro. Pocas cosas le pueden provocar un daño moral más profundo a alguien que vivir peleado con su hermano...
Terminé de leer la carta de mi padre. La doblé con cuidado. Sentí una repentina angustia; corrí al teléfono y lo tomé con ambas manos.
-¡Suena! le dije al aparato—. Necesito saber cómo está Riky.
El timbre del teléfono permaneció silencioso.
Tenía muchas ganas de llorar. Carmela me llamó:

-¡Felipe, ya está tu cena!
No hice caso. Salí al patio y miré hacia arriba. La escalera era larga, pero necesitaba saber de una vez lo que escondía mi hermano en el techo. Me armé de valor y comencé a subir. Al fin, llegué a la azotea; me sorprendió ver un tiradero de pintura, botes sucios y una brocha. Parecía que Riky había estado jugando a... ¿Ser pintor?
No.
Recordé algo: Cada mañana, al empezar a pintar, me sorprendía de cuánto había avanzado el día anterior y de cómo algunos de mis brochazos parecían demasiado malos. También recordé que siempre había muchas gotas de pintura en el suelo. ¡Era eso! Mientras yo hacía la tarea de matemáticas encerrado en mi cuarto, por las tardes, Riky pintaba la casa para ayudarme. ¡Había querido disminuir mi castigo dándome una mano en secreto!
Entonces me puse en cuclillas y lloré. Sentí las sombras del dolor y la culpa cayendo sobre mí.


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